Explico el origen de este trabajo.

Realizado mediante servilletas de papel habituales en cafeterías.

Hace casi diez años trasladé mi actividad a Madrid. Tenía el despacho cercano al Hotel Wellington. Fue mi primer espacio de acogida. Donde tuve mis primeras experiencias. Las mejores emociones. Los mejores recuerdos.

Era mi otro hogar.

Casi a diario acudía. Por la mañana, a tomar un café italiano, solo. Al cierre de jornada, un combinado, en compañía.

Las servilletas eran de papel. Blancas, con una “W” impresa. Las iba guardando. Sin una causa consciente.

Las seguía acumulando. Año tras año. Dentro de cajas de zapatos.

Esperando. Esperando saber lo que merece la pena saber.

Pasó el tiempo.

Un día. Lo supe. Haría una creación artística.

Dedicada al amor. En el principio. Fue sólo un sentimiento. Que debía explicar de forma fiel.

Debía crear un relato. Que aflorase con emoción. Con fuerza.

Para que fuese auténtico, debía basarme en experiencias reales.

He tenido la ayuda de personas que me contaron momentos vividos que les dejaron huella. Ellas han sido la fuerza impulsora.

Así pude redactar los textos que explican cada situación. Fue el origen. Seguidamente debía trasladar estas emociones a la obra gráfica. Mediante imágenes abstractas. Utilizando sólo forma y color.

Esto requería una inmersión en cada experiencia. Con tensión.

Así encontraba las formas y colores que estimaba fieles a cada entorno. En ocasiones era un proceso rápido. La inspiración aparecía súbita. En otras, era esquiva.

Trabajaba sobre una tela, de algodón, con bastidor de 130 x 100 cm. Donde pintaba el fondo que dominaría la obra.

Luego iniciaba el proceso con las servilletas. Para ello tomé varias cubetas, similares a las utilizadas para revelar fotos. Puse agua y pintura tempera de varios colores. Fui tiñendo las servilletas. Luego las puse a secar.

Una vez secas, las volvía a teñir. Para alcanzar combinaciones de colores.

Después las colocaba superpuestas y pegadas a la tela. En ocasiones tres o cuatro en un mismo espacio. Para dar volumen. Necesitaba alrededor de 500 servilletas para hacer una pintura.

Y el punto final.

Busqué la conexión de cada obra con alguna poesía de Antonio Porchia. Entendía que la sensibilidad de Porchia, complementaba el proyecto.

El resultado ha sido un intento de reflejar diversos momentos del amor. Armonizando prosa, pintura y poesía.

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