Estimados amigos y estimados desconocidos.

Hace años que estamos en regular comunicación. Desde el 2008.

Se inició con la difusión de la genial obra de Frans Masereel. Luego siguieron otros proyectos. Fomentar la imaginación artística de niños apoyando a escuelas. Advertir del peligro del nacionalismo excluyente, mediante el libro “Otoño alemán”. Reencontrar la profunda mística de Oteiza y el Santuario de Arantzazu.

No he seguido un patrón en el momento de elegir los temas. Tampoco he eludido entornos comprometidos.

Dicen que soy una persona enamorada del arte. Esto no es cierto del todo. Amo el conocimiento. Que es mi intento y mi única posibilidad.

En este camino, el encuentro aparece de forma súbita. Entonces sabes que ha llegado el momento. Y en el fracaso hallo el estímulo.

Stig Dagerman ha sido uno de mis escritores de cabecera, desde el día en que leí su ensayo “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable”. Luego, poco a poco, he ido avanzando en su obra.

Un día, uno de sus cuentos me impresionó especialmente.
Se trata del titulado “Matar a un niño”. No tiene una extensión superior a tres páginas.

No voy a describir o comentar este cuento. Que ya ha sido analizado en numerosas ocasiones por estudiosos y críticos. Es universal.

No es apto para mentalidades acomodadas. Ajenas a la introspección. Al análisis. No es un cuento amable. Es un cuento de catarsis.

Es para personas con afán de superación. Que todavía no han olvidado reflexionar. Para leer y releer.

Presentarlo y difundirlo de forma general implica un cierto riesgo. Del que soy consciente.

¿Causa de afrontar el proyecto?

La creciente actitud banal y despreocupada que observo en los conductores de vehículos.

Imperan distracciones, teléfonos, inconciencia, juegos.

Este cuento fue escrito por Dagerman en el entorno de los años 40 del pasado siglo. Fue un encargo que recibió, en Suecia. Era un cuento destinado a concienciar a la población sobre el riesgo de los accidentes de tráfico y con intención de reducir las muertes por esta causa.

Dagerman lo hizo. Con sensibilidad. Con amor. Un texto entrañable, expresivo y tenso. En el cuento, Dagerman no elude el resultado final, resultado de las decisiones

tomadas por los protagonistas.
Estuve ponderando un tiempo su divulgación.

La dureza del texto me había hecho dudar. No adivinaba los efectos que podía tener entre los lectores. De características muy diversas.

Finalmente consideré que difundir el cuento era una buena decisión.

Llevé a cabo una investigación preliminar.

Repartí el cuento entre un reducido número de personas. Sin dar ninguna pista.

Les dije: lee esto. Y ya me dirás.

Pasaron unos días. Fui recogiendo opiniones.

Me comentaron el libro. En persona. Durante breves encuentros.

Ganó la opción de editar el libro. Aunque no por amplia mayoría.

Sin embargo, uno de los lectores se involucró profundamente en el proyecto. Mi amigo S. Fox.

Pasado un tiempo me envió un relato. Directo y sincero. Describía una experiencia que había protagonizado años atrás, viajando por carretera. Lo había titulado “Segunda oportunidad”.

Este recuerdo había invadido su memoria. De forma obsesiva.
Y le había generado la excitación suficiente como para crear además varias pinturas.

Unas inspiradas en el cuento de Dagerman. Otras basadas en su propio relato.
He dividido este proyecto en dos capítulos. Uno con el relato “Matar a un niño”. El otro con “Segunda oportunidad”.

Haz clic aquí para consultar más más información.